Policía se encubrió y acabó con peligrosa banda pero terminó atrapado en la drogadicción

El oficial tuvo que consumir cona durante la investigación y arruinó su vida al servicio de la Policía la cual hoy le niega incluso su rehabilitación.

Juan David Avella de 32 años, el tercero de cuatro hermanos pertenecientes a una familia humilde de Duitama, Boyacá, decidió seguir su pasión por indagar, por servir y se convirtió en Policía. “Terminé entrando a la escuela (de policía) Rafael Reyes en el año 2005, en el mes de diciembre. Terminé mi curso y mi formación en el año 2006 y salí con mi grado de patrullero. Salí directamente para la especialidad de investigación criminal”.

Pronto ascendió al rango de subintendente, tras recibir múltiples condecoraciones. Para Juan David no era solo un trabajo: era su razón de vivir, el motor que alimentaba su sentido de la justicia.

“Yo podía cambiar mi entorno: si lo quería, podía hacer muchas diferencias (sic) en ayudar a las personas que estaban alrededor mío y a la gente que lo necesitaba”, relató en una entrevista concedida a Semana Noticias.

El suboficial tuvo la oportunidad de probar sus habilidades investigativas ante sus superiores: “Yo termino en el grupo de crimen organizado de la ciudad de Duitama, que trabajaba para la Sijin del departamento de Boyacá en octubre del año 2018. En noviembre de ese mismo año di inicio a una investigación en contra de una organización delincuencial que estaba traficando cocaína en la ciudad de Duitama; era muy extensa, demasiado grande”.

El cartel de drogas, que se extendía por todo Boyacá, con conexiones en el Valle del Cauca y Santander, era conocido como “Los Patrones”. Un hueso duro de roer para la policía, quienes durante dos años de esfuerzos infructuosos, requisas y allanamientos no habían podido acabar con la estructura de los narcotraficantes. El alto mando decidió que era más viable atacar a la organización desde adentro.

“Ahí fue cuando se inició la investigación que llevó por nombre Fortaleza”, Comentó Avella quien no en ofrecerse para infiltrarse en la red de narcotráfico: “Yo nunca había hecho la figura de un agente encubierto, jamás”. Para ser aceptado en la misión, primero tuvo que ser evaluado por medicina, por psicología, y cumplir estrictos requisitos de la Fiscalía y su propia institución. Una vez iniciado el operativo, el uniformado tuvo de dejar a un lado su propia identidad –incluso para su familia– y adoptar un alias, así como una coartada coherente, que no levantara sospechas entre los traficantes a quienes debía abordar.

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“Yo me puse el nombre de Andrés; dejé crecer mi barba, empecé a usar gorra todos los días, mi pelo empezó también a crecer. Me hice pasar por lo que era mi rol: una persona consumidora de droga”. Cuenta con nostalgia.

Usando una cámara espía anclada a una chaqueta, Avella logró registrar en 12 ocasiones diferentes la compra de cocaína a los miembros de Los Patrones. “Empecé ingresando a los lugares a donde ellos iban: prostíbulos, bares, discotecas y entré en confianza con una de las personas que nos llevó a todo lo que pudimos descubrir; él se llama César, era taxista aquí en la ciudad de Duitama. Primero él dejaba el taxi afuera e ingresaba al lugar donde estuviera yo, ya fuera un bar, discoteca o donde estuviera y me la entregaba. Ya luego, con confianza, yo podía subirme en el taxi, ir con él, comprar la droga y me la entregaba”, relató en la entrevista.

Aunque mostró tener talento para la interpretación de roles y el subterfugio, el suboficial se arriesgaba más allá del deber. “Cuando lo vives en carne propia sientes las primeras veces el temor que jamás sentiste, el miedo a ser descubierto”.

Un imprevisto que no se contempló al inicio de la Operación Fortaleza es que con el tiempo, Avella se vio obligado a inhalar cocaína y consumir marihuana, todo para no despertar sospechas entre los traficantes. “Yo era consciente de que podría llegar el momento en que yo mismo me iba a ir en contra de mis propios pensamientos de que nunca iba a probar la droga, pero luego te metes en el rol que tienes que entrar y te haces parte de ellos; de pronto ni te das cuenta que ya hablas como ellos y actúas como ellos (los traficantes)”.

Graciela Camargo, madre del policía, comenzó a notar extraños comportamientos en su hijo, el cual bebía con frecuencia y pasaba varias noches sin dormir. “De un momento para otro notamos que él no llegaba, ya no me llamaba; nosotros lo llamábamos y decía “estoy en una investigación, estoy en un trabajo y cortaba la llamada”.

Aunque las pruebas contra Los Patrones ya habían sido puestas a órdenes de la Fiscalía y se libró la orden de captura contra los implicados, Juan David aún les compraba cocaína. “Eso lo puedo dominar, yo dejo eso cuando quiera, eso pensaba… lo que no fui consiente fue hasta donde podía llegar a quedar esclavo de esa sustancia.”, cuenta entre sollozos.

Pronto, los efectos adversos de la drogadicción golpearon a su puerta: “Mi mente comenzó a funcionar de una manera diferente, empecé a tener episodios depresivos, mucha ira incontrolable; dejé de consumir tanto con ellos para empezar a consumir en mi propia casa, solo, y eran dosis mucho más altas”.

Sus padres prendieron las alarmas ante los superiores de Juan David, sin éxito. “Nosotros fuimos los que nos dimos cuenta de que él ya estaba tocando fondo, ni siquiera él se daba cuenta”, relató doña Graciela.

Tras meses de investigación, la Policía de Boyacá presentó a la opinión pública los resultados de la Operación Fortaleza. “Yo ejecuté mi operación con total éxito: se dieron las capturas, la incautación de droga -cocaína efectivamente-, armas de fuego, algunos vehículos particulares, taxis que fueron incautados”, cuenta Avella.

Gracias a ello, el uniformado recibió el aval de sus superiores para realizar su curso de ascenso a intendente, en la escuela de suboficiales de la Policía Nacional, ubicada en Sibaté. Aunque aprobó todo el programa curricular, su adicción a las drogas se hizo cada vez más fuerte y difícil de manejar. “Lo mínimo que podrían haber hecho al terminar la Operación Fortaleza era haberme dicho “Como hizo un examen para ingreso, hagamos un examen para salir”, lo cual nunca sucedió, según narra.

Otro efecto colateral de la droga era la culpa que sentía a diario.“No estaba entendiendo qué me estaba pasando, yo no lo quería asumir, no quería sentirme avergonzado, no quería ser expuesto porque sentía que iba a ser una vergüenza para cualquier persona, para la misma institución”. Tras volver a la Sijin de Boyacá, Avella recibió un nuevo golpe, cuando -asegura- uno de los altos mandos de su unidad presuntamente lo extorsionó.

“Cuando se desarrolló la Operación Fortaleza, había una fuente que me daba mucha información para lograr desarticularla (a la banda de narcotraficantes); se propuso esa fuente para que le fuera pagada una recompensa y fueron 5 millones de pesos que fueron destinados, pagados y enviados directamente a la cuenta de esa fuente. De esos 5 millones de pesos, en su momento, el jefe de nosotros, el señor Mayor Luís Fernando Tuesta Zárate me pidió que le entregara millón y medio, que lo necesitaba”, denunció.

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“Yo le dije que iba a hablar con la fuente, le comenté a la fuente y en últimas me dijo que no”, indicó el uniformado.

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Incluso aseguró que dicha práctica delictiva -de la cual aún no existe una investigación formal por parte de la Dirección de Asuntos Internos de la Policía Nacional- se ha vuelto escenario común en las operaciones diarias. “la verdad esto no es mentira ni es algo que nosotros no conozcamos en el medio de la Policía, es algo que se ha visto como normal; de las recompensas piden dinero, quieren que se les entregue algo. De los gastos de operación que uno tiene para trabajar en la Policía, de ahí también piden dinero”.

Juan David Avella denunció desde entonces las aparentes retaliaciones en su contra por parte del oficial que supuestamente le había exigido dinero; incluso atribuyó a su negativa el que posteriormente fuera trasladado de su unidad: “Cuando llegué ahí a la ciudad de Tunja me encontré con el señor mayor, entré a su oficina y me dijo ‘alístese por que se va para el Cocuy‘”.

La Villa de Nuestra Señora del Rosario del Cocuy, a 385 kilómetros de Bogotá (unas ocho horas de camino por tierra, cinco desde Duitama) es uno de esos bellos pero apartados municipios de la geografía colombiana a donde pocos policías quieren ser trasladados. Aislado y con un nevado como vecino, parecía más un castigo para Avella que una recompensa por haber desenmascarado a Los Patrones.

“La verdad, eso fue desconcertante para mí: fue como un baldado de agua fría y casi llorando yo dije: “Mi mayor, ¿Yo qué hice?, hice lo que me pidieron, lo que no hicieron en dos años lo hice en dos meses solamente” y me dijo: “¿Acaso no se siente capaz de ir a liderar una unidad tan pequeña?, y le dije: “Usted sabe que mi familia está en Duitama”. Contó notablemente compungido. “No entendía por qué, si yo hacía las cosas bien, mi premio era irme tan lejos”.

Esta es la denuncia formal instaurada por el subintendente Avella ante sus superiores por los hechos narrados.

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Tras regresar del Cocuy, Avella encontró una forma de huir de la tristeza y del ambiente de adicción que lo rodeaba en Duitama. “Se presentó la oportunidad de estudiar inglés en Bogotá; eso no tenía que ser apoyado por mi comandante ni por nadie, así que me inscribí y pasé”, pero sus esfuerzos se vieron nuevamente frustrados: “(En clase) no me daba la cabeza, el dolor no me dejaba, no podía comprender todos los conceptos, mi visión estaba cada vez más difícil de manejar”.

La depresión, la frustración por el fracaso en sus estudios y la soledad hicieron que, tras semanas de no consumir cocaína, Juan David recayera en el consumo.

“Resulta que un día un excompañero de trabajo me dijo: “Ven y nos tomamos una cerveza”; yo sé que eso es un detonante para que yo, después de que esté ebrio, tenga que buscar la sustancia; me tomé una cerveza que terminó (sic) siendo 5, 6, 7 cervezas, luego tomé un taxi para ir a buscar cocaína. El resultado trágico de haber ido a ese lugar fue que -inconsciente– terminé en un taxi llegando a un hospital pidiendo ayuda a gritos.”

Por su delicada condición, Juan David Avella fue remitido a la Clínica La Inmaculada, un centro de reposo y desintoxicacón ubicado en la localidad de Chapinero, en Bogotá. “Cuando llegué, me pusieron en el piso porque no había una cama para mí; me despojaron de todas mis cosas porque no podía entrar nada, sin cordones. Esa noche fue terrible y el despertar fue aún peor, porque ¿quién se iba a imaginar estar en un lugar de esos?, nadie…”.

Los únicos que acompañaron este difícil proceso fueron los padres del uniformado, ya que -según denuncia doña Graciela, madre de Juan David- la institución policial se desentendió del drama del joven. “Su superior lo mandó a otras personas para que le dieran algún papeleo para empezar una ayuda, la cual tampoco se llevó a cabo; esto fue un golpe muy duro porque ver a nuestro hijo totalmente destruido […] sentí un frío de la cabeza a los pies y sentí morirme”.

Si bien pudo regresar a Duitama para vivir con sus progenitores y por un tiempo se mantuvo limpio de drogas, una nueva tragedia golpeó a la puerta del uniformado. “Nuevamente accedí por soledad a la invitación de una cerveza y terminó en muchas, luego en media botella de aguardiente, lo que me impulsó a buscar de nuevo esa sustancia; se la compré a unas personas travestis, cerca al prostíbulo. Uno de ellos subió al carro y pasó un tiempo -como de media hora-, y el carro queda ahí quieto, hasta que aparezco inconsciente en Santa Rosa. Desperté sin dinero, no tenía los zapatos, no tenía la correa, mi pantalón estaba medio abajo y cuando me llevaron al hospital yo tenía un muy fuerte dolor anal y se consideró un código verde, que es el presunto abuso sexual de una persona”, relató entre lágrimas.

El subintendente Avella dice que al mirarse al espejo desde entonces, le es imposible reconocer a la persona que se refleja allí. “Yo nunca había llorado tanto como ese día. Ahí sí lo perdí todo en cuanto a mí, a la dignidad. Me sentí completamente abandonado, totalmente sucio y no se hasta cuando pueda superar algo así… lucho con ello todos los días”.

¿Qué responde la Policía Nacional?

Semana Noticias radicó un derecho de petición el pasado 19 de junio de 2020, con el fin de conocer los pormenores del cuadro médico y psicológico de Juan David Avella, así como las gestiones adelantadas por la Policía en su caso. La respuesta llegó el 03 de julio de 2020, en la cual la Institución aclara que no puede brindar los datos solicitados, puesto que no existe prueba de la autorización del demandante a Semana para acceder a su historia clínica.

En una nueva comunicación, enviada el 24 de julio de 2020, la Policía Nacional remitió un fallo proferido por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Santa Rosa de Viterbo, despacho que falló al respecto del incidente de desacato instaurado por Avella ante el Juzgado Primero Penal del Circuito de Duitama, buscando que se le garantice su rehabilitación y acceso a los medicamentos para mitigar su grave padecimiento.

Por su parte, Juan David Avella también instauró una queja formal ante la Procuraduría General de la Nación, la cual se encuentra en etapa de investigación.

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Las pretensiones actuales del uniformado son simples: poder recibir su ascenso a intendente (ya que realizó el curso correspondiente en la Escuela de Sibaté), acceder a los medicamentos prescritos por su médico, los cuales aún lo le han sido entregados según versión de sus padres, y que se le permita retirarse de la Policía Nacional, puesto que goza de una excusa laboral vigente pero considera que es un peligro para sí mismo y para otros, como consta en este documento | Revista Semana

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