‘El fotógrafo de la mafia’ reveló fotografías inéditas e íntimas del abatido capo Pablo Escobar

Édgar Jiménez, también conocido como 'El Chino', retrató al capo en su intimidad y su vida pública. Esta es su historia.

Édgar Jiménez Mendoza, conocido como ‘El Chino’ amigo y fotógrafo personal de Pablo Escobar, guarda en su archivo un detrás de cámaras de los momentos poco conocidos del extinto capo.

‘El fotógrafo de la mafia’ como también es conocido Jiménez, retrató todo tipo de encuentros y celebraciones, y fue uno de los coordinadores de la campaña de Escobar al Congreso.

Mendoza sobrevivió a la peor época de la guerra, para así poder contar su historia. Desde hace más de tres décadas conserva en su casa un valioso archivo íntimo de la cotidianidad familiar y la vida social y política del exnarcotraficante.

Su lealtad incondicional y su discreción lo llevaron a registrar en el círculo más íntimo de amigos y familiares del que fuese el jefe del Cartel de Medellín por allá en los años 80.

En sus inicios como fotógrafo, en los años setenta, fue militante de la Anapo y registró las campañas políticas del general Rojas Pinilla, de su hija María Eugenia y de sus seguidores en Antioquia.

Posteriormente, de la mano de Israel Santamaría, excongresista de la Anapo y uno de los fundadores del M-19, ingresó a una célula clandestina de la guerrilla, en tareas relacionadas con divulgación, prensa y fotografía.

De igual manera, participó como pionero de la pornografía local, como el primer fotógrafo de la revista Cuerpos, editada en los años ochentas por alias El Poeta, quien fuera el relacionista público de Escobar.

Jiménez, hoy con 72 años, llegó al mundo de Pablo Escobar en 1963. Coincidió con él en el Liceo Antioqueño, donde compartieron los tres primeros años del bachillerato.

“Tres años en el mismo salón. Pablo era un estudiante del montón. Ni bueno ni malo. Anodino. Se hizo notorio por su hermano Roberto Escobar, el Osito, quien era ciclista y participaba en la Vuelta a Colombia, cuando esta competencia despertaba fervor y convocaba”, recuerda Jiménez.

En el mismo Liceo se hizo fotógrafo. Allí funcionaba un club de fotografía y ‘el Chino’ se entusiasmó al ver compañeros que llegaban al salón de clase mostrando imágenes en negativos.

Foto: Edgar Jiménez

El ánimo fue creciendo cuando su hermano compró una cámara. Se matriculó en el club, y lo que comenzó siendo un pasatiempo se le convirtió en oficio.

Cuando terminó el bachillerato ingresó a la Universidad de Antioquia a estudiar Ingeniería Mecánica. Ahí estuvo hasta 1977. Sin embargo, no terminó porque “era buen estudiante, pero me degeneré”.

La fotografía seguía ahí. Incursionó tomando fotos en eventos familiares. Cobraba, y aunque le pagaban poquito, con eso sobrevivía. Pudo haber trabajado en los diarios locales e, incluso, en la Alcaldía de Medellín; no obstante, nunca aceptó por la vida bohemia que llevaba. “Esos eran trabajos de 24 horas, y yo jugando y bebiendo me dije: ‘Esto no es para mí’ “, agrega.

En 1965 se desconectó de Pablo Escobar, hasta 15 años después cuando lo volvió a ver. Todo empezó en una convención de la desaparecida Alianza Nacional Popular (Anapo), fundada como movimiento por Gustavo Rojas Pinilla y que en los 70 alcanzó un gran número de votos en las elecciones presidenciales.

A dicha convención fue a tomar fotos. Allí se encontró con Nelson Cardeño, un amigo de su adolescencia, quien para ese entonces hacía parte de esa organización política y se desempeñaba como personero de Puerto Triunfo, en el Magdalena Medio antioqueño, y años después pasaría a ser secretario y relacionista público de Escobar.

Un día de 1980, Cardeño, quien fue asesinado 11 años después en un sector céntrico de Medellín, invitó al Chino a Puerto Triunfo para que le ayudara con unas fotos. Lo acompañó y después del jolgorio, en el abrasador calor de la tarde porteña, le dijo: “Vení, Chino, subamos a la hacienda Nápoles –que está en jurisdicción de Puerto triunfo–, y te presento a los dueños”.

Foto: Edgar Jiménez

Aceptó. Empezaron a subir por una vía entonces destapada. ‘El Chino’ contemplaba atónito las cerca de 3 mil hectáreas de paisaje, en el que, además de carreteras, había 27 lagos artificiales, gasolinera propia, una pista de aterrizaje y una exótica arborización que incluía palmeras y establos con caballos.

También, una plaza de toros, carros de carreras, motos náuticas, motocicletas para paseos turísticos, además de un Chevrolet modelo 1934 al que habían agujereado de balazos para hacerlo parecer al de los legendarios delincuentes Bonnie y Clyde o Al Capone.

Y, como si fuera poco, rinocerontes, elefantes, camellos, hipopótamos, cebras, jirafas, grullas, impalas, venados, dantas, canguros, flamencos, avestruces, una pareja de loras negras únicas en el mundo, entre otros animales exóticos, eran exhibidos allí en un imponente zoológico al aire libre.

Al llegar, el Chino vio a algunas personas reunidas. No les prestó mayor atención. Cardeño, sin embargo, se acercó hasta donde se encontraba Pablo Escobar y le dijo: “Pablo, te presentó a un amigo”. Pablo giró y se quedó mirando pasmado a quien Cardeño le señaló. “¡Qué más, Chino!, tiempo sin vernos”, le gritó emocionado Escobar, al tiempo que lo abrazaba.

Edgar Jiménez

Édgar le correspondió el abrazo, conmovido.–¿Qué estás haciendo? –le preguntó Pablo.–Hago fotos, Pablo –le respondió.–Justo lo que estoy buscando. Necesito hacer un archivo fotográfico de la hacienda y un inventario de todos los animales que he traído.

“Ahí empecé mi relación con Pablo. Me busqué un ayudante, Rodrigo Agudelo. Entonces, a mí me empezaron a decir el narcofotógrafo y a él, el narcoayudante. A Nápoles iba seguido. Yo viajaba en helicóptero o en avión desde el hangar del aeropuerto Olaya Herrera. Los fines de semana los viajes se multiplicaban”, recuerda.

Foto: Edgar Jiménez

La última vez que vio a Pablo Escobar fue el 24 de febrero de 1989, en la hacienda Nápoles. Ese día Juan Pablo, el hijo mayor del capo, cumplía 12 años y era su fiesta.

Jiménez cuenta que esa vez alcanzó a tomar una de sus fotos predilectas. A medianoche Escobar aparece al lado de su madre, Hermilda, cabizbajo, con un coctel espumoso servido y un plato sin probar sobre la mesa.

Foto: Edgar Jiménez

A mediados de ese año fueron asesinados en Medellín el coronel Valdemar Franklin Quintero, entonces comandante de la Policía de Antioquia, y en Soacha, el precandidato presidencial por el Partido Liberal Luis Carlos Galán.

Tras intentos de negociación y múltiples secuestros y asesinatos selectivos de jueces y funcionarios públicos, el cartel de Medellín, con Escobar al mando y ya en la clandestinidad, declaró la guerra total contra el Estado.

Foto: Edgar Jiménez

Jiménez piensa que ese instante congelado, la mirada abismada y perdida de Escobar, era el presagio terrible de la ola de violencia que desataría y lo llevaría a su muerte tiroteado por el Bloque de Búsqueda en un tejado de una residencia en el barrio Los Pinos, en el occidente de la ciudad, a los 44 años, el 2 de diciembre de 1993.